Emancipación
Hernán García
Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban, se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.
“La gallina degollada”, Horacio Quiroga, 1917.
Hemos crecido. No nos reconocerían. El deseo de explorar nos fue llevando muy lejos de esos años de letargo de la casa familiar, de noches a la intemperie, del patio frío. Nos hemos transformado. No, no es evolución. Es un camino que se distancia de la sangre. ¿Se acordarán ustedes de nuestra risa boba mientras nos asoleábamos durante el día mirando al astro vital que rellena de luz todos los huecos? Ahí, en ese patio aprendimos de ese sol la sensibilidad. El deseo nos llegó y vinieron otros encuentros, otros coloquios con la verdad. Aprendimos a escuchar, a compartir y apreciar la realidad de otros cuerpos. Nos reconocimos, supimos nuestras presencias físicas, como aquellas de la casa, como nuestras pequeñas e irrelevantes presencias instintivas y vitales.
Supimos que
cuando las personas adultas miran al sol piensan: en la verdad, el ideal, en un techo, en la sombra;
cuando las niñeces miran un sol dicen: sol, cielo, brilla, volar, fuego, agua, juego.
Si por ahí anda una gata perdida
soñando con la mirada
ve en ese sol un momento, el instante de la siesta, la posibilidad de sentir el tiempo.
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